Andando por tus teclas
llegué a odiar a quienes escribieron las obras.
A dejar caer las manos con fuerza
sobre tus pequeños pliegues
a llorar, a conmoverme, a sonreir...
Herida, agotada o defraudada
te mantuviste dispuesto, a la espera...
como si confiaras en el potencial de mis manos,
en la destreza, aún dormida, de mis dedos.
Olvidado en una casa llena de sombras y humedad
triste, resignado, quejumbroso.
Hasta que en un día volviste a la vida,
rodeado de colores, luz y familia.
En poco tiempo nos hicimos amigos,
compartías todos mis sueños, anhelos y llantos.
Fuiste testigo de amores y amantes,
acompañando y sosteniendo, sin celos ni quejas.
Por 10 años juntos, mi fiel y amado compañero.
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